La rutina universitaria siempre tiene un sonido particular: conversaciones apresuradas, pasos que se cruzan, anuncios en carteleras, el eco de las clases. Pero desde hace meses, en la Escuela de Ciencias Psicológicas ese sonido dejó de sentirse. El ambiente cambió, como si un silencio incómodo se hubiese instalado en cada pasillo. Y ese silencio no nació de la casualidad, sino de un conflicto que terminó por partir en dos la vida académica de la Escuela.
Todo comenzó cuando Walter Mazariegos nombró a Berner García como director. Para algunos, el anuncio pareció un trámite más; para otros, fue el inicio de la tormenta. La comunidad académica denunció que se trataba de una imposición, pues ignoraba por completo al Consejo Directivo electo para el período 2021–2025.
Pero el daño iba mucho más allá de un nombramiento. Con esa imposición, también se frenó uno de los derechos más elementales dentro de cualquier unidad académica:
el derecho a convocar y realizar elecciones internas, un proceso fundamental para garantizar la participación democrática y la continuidad de la vida universitaria.
La Escuela quedó así suspendida en un limbo, sin poder elegir, sin poder avanzar.
Desde entonces, nada volvió a ser normal.
#NacionalesTGW | El Tribunal ordena al CSU informar en 24 horas sobre cumplimiento de resolución de la CC
La Sala Quinta del Tribunal de lo Contencioso Administrativo, en su calidad de Tribunal de Amparo, dio un plazo de 24 horas al Consejo Superior Universitario (CSU) + pic.twitter.com/29yx5KwAsY— Radio TGWTV (@RadioTGWTV) December 12, 2025
Lo que siguió fue una resistencia prolongada por parte de docentes y estudiantes que se negaron a aceptar un mando impuesto al margen de la norma universitaria. La Escuela, que debería ser un espacio de pensamiento crítico y formación profesional, se volvió el escenario de puertas cerradas, de accesos negados y de la repetida negativa por parte de la seguridad a permitir el ingreso a quienes sí tenían el derecho legal de ocupar las oficinas y reiniciar la vida académica.
La Escuela quedó atrapada entre dos realidades: la administrativa impuesta y la legalmente reconocida. Las clases se interrumpieron, los procesos se detuvieron y los estudiantes se quedaron en medio de una pugna que parecía no tener fin. Y mientras tanto, el derecho de la comunidad a que se convocaran elecciones permaneció congelado—intencionalmente congelado—durante meses.
Fue entonces cuando la comunidad decidió acudir a los tribunales. Comenzaron los amparos, los expedientes, las audiencias. El conflicto, que había nacido en las oficinas universitarias, se trasladó a las salas de justicia.
A finales de noviembre de 2025, llegó la resolución que lo cambiaría todo: la Corte de Constitucionalidad declaró que la designación de Berner García “no es legal ni legítima”. La orden fue clara: restituir al Consejo Directivo legítimo, permitir su ingreso inmediato y garantizar la continuidad de los procesos democráticos internos, incluidos los electorales.
Pero la realidad en la Escuela no cambió. La seguridad mantuvo las puertas cerradas. La desobediencia a la Corte se volvió evidente y, con ello, la tensión creció todavía más.
El 3 de diciembre, la CC volvió a pronunciarse, esta vez reiterando su decisión. Luego, el 4 de diciembre, emitió un apercibimiento formal advirtiendo que el desacato tendría consecuencias legales para el CSU y para quienes persistieran en incumplir.
Este bloqueo llevó a una nueva acción legal que culminó en el amparo presentado el 12 de diciembre de 2025, donde nuevamente la CC recordó lo obvio: que las autoridades impuestas debían acatar la ley, permitir el ingreso al Consejo Directivo legítimo y, sobre todo, garantizar el llamado a elecciones, derecho universitario que había sido vulnerado desde el inicio del conflicto.
La resolución emitida ese 12 de diciembre de 2025 marcó un nuevo punto de quiebre. Fue un recordatorio de que ni el poder ni la imposición pueden reemplazar la legitimidad que solo se alcanza mediante procesos transparentes y democráticos. Fue también un mensaje de esperanza para una Escuela que, pese a los intentos de apagarla, siguió resistiendo desde cada pasillo vacío y cada aula cerrada.
Hoy, mientras la comunidad espera que las resoluciones se cumplan, la Escuela continúa bajo la sombra de un conflicto que reveló algo más profundo: la lucha por la autonomía, la democracia interna y el derecho de una comunidad universitaria a decidir su propio destino.
Las puertas siguen cerradas.
El futuro parece detenido.
Pero, aun así, dentro de cada pasillo vacío y cada aula en silencio, permanece esa luz que sigue encendida de fe y esperanza para la Escuela de Ciencias Psicológicas, la misma que insiste en entrar, incluso cuando intentaron apagarla

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